02 Jun 2021
En un momento tu vida me dolió a mi…
En un momento tu vida me dolió a mi…
Y no fué tu culpa porque el destino cruza y los caminos se chocan de lleno contra la imperfección de otro corazón que también está buscando las respuestas a sus heridas viejas, y en el fondo sólo grita por amor y contención.

Pero tu vida en un momento me dolió a mi.
Y uno guarda silencio por sentimientos ajenos, y muchas veces pone de lado su propia verdad y niega con ésto mucho más de su personalidad de lo que puede imaginar.
No hay plenitud que entre en una persona fragmentada.
Se es pleno o no, con sombra y todo, porque en el medio no hay nada.

Les puedo decir con seguridad que “callar o no afrontar” nunca calma.
La calma, como bien dicen, viene después de la tormenta, tormenta a la que tenemos que entrar con las manos (ó brazos?) abiertas y por la que nos tenemos que dejar golpear.
Nos dejamos golpear para sanar. Sanar es sentir abiertamente por todas las veces que nos negamos estar ahí presentes. Sanar es poner en palabras. Sanar es permitirse vivenciar el dolor sabiendo que hoy no vamos a morir por él mismo.

Callar duele y duele por años y nos hace más daño del que podemos imaginar.
No afrontar anula partes de nuestro ser que se van acostumbrando a dormirse y después les cuesta volver a sentir, a animarse y a despertar,… si es que vuelve a despertar.

La calma llega después de la tormenta y la tormenta viene para permitirte calmar.

Así que vibrá, querida alma, bajo la lluvia y los truenos de las experiencias enterradas, sin importar cuan chicas, grandes, cercanas o lejanas sean. Vibrá y dejá que el agua corra y limpie desde tu alma hasta tu cara. Que corran las lágrimas que transmutan el alma.

Dejá que la tormenta te habite y te vacíe de los dolores que ocupan lugar para que se mude allí la calma.

Gracias; porque en un momento tu vida me dolió a mi y gracias porque me enseñó que permitirme sentir todo, es permitirme ser y vivir, y desde ahora lo voy a elegir.

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